El otro día fuy por fin al urólogo, y, como era de esperar, el hombre flipó pepinillos. En un momento dado miraba fijamente el informe de mi médico de cabecera, mientras decía: «pero yo… ¿qué esperan que haga?». Totalmente fuera de juego, el pobre.

Entonces le expliqué que diantres hacía yo en su consulta y lo vio todo más claro. Hizo un par de llamadas y se puso en contacto con un tal J.M . Realmente me dijo el nombre de la persona en cuestión, no sus iniciales, pero me han recomendado por ahí que no de nombres concretos, y he decidido seguir dicha recomendación.

Como decía, el urólogo se puso en contacto con el tal J.M. y, después de explicarle que mi médico de cabecera se había deshecho de mí al no saber qué hacer conmigo (esas fueron sus palabras textuales, un poco injustas para mi pobre médico, que se esforzó bastante en enviarme a la persona adecuada, pero ciertas al fin y al cabo) le contó lo que necesitaba y, finalmente, me envió a hablar a mi al despacho de J.M.

Llegar hasta el despacho de este señor fue más difícil de lo que yo pensaba. Me perdí por los pasillos del hospital y di varias vueltas, hasta que al final alguien supo explicarme cómo encontrar el camino hasta los despachos de la administración de manera que yo lo entendiera. A esas alturas ya me lo habían explicado 3 ó 4 veces, pero, ya sabéis, soy cortito con sifón.

Sin embargo, logré localizar el despacho. Lo más impresionante fue que… ¡Tenía dos secretarias! ¡Nada menos! En seguida comprendí que debía ser un pez gordo, y lamenté no haberme puesto una corbata o algo.

Con cierto reparo me aproximé a la secretaria más cercana a la puerta y le expliqué que quería ver al señor J.M. Ella me miró como debían mirar los cortesanos de los reyes a los plebeyos que se acercaban a pedir audiencia, y me dijo que J.M. estaba reunido en aquel momento, y que por favor, esperara.

Así que esperé durante un buen rato, pero como llevaba mes y medio aguardando a la cita con el urólogo, no me iba a ir de media horita, ni de una hora, ni de dos. Iba armado de paciencia en grandes cantidades, un libro y mi mp3. Al final no llegó la espera ni a los 35 minutos.

Finalmente la puerta del despacho de J.M. se abrió y pude entrar a hablar con él. Fue una suerte que no me hubiese puesto la corbata, porque mi interlocutor no la llevaba, y habría resultado sobrevestido en comparación con él. Volví a explicarle la situación, y, por fin, descubrí que había un médico, sólo uno, que había visto a otro transexual antes que a mi. En concreto, según me explicó, a dos chicas, y ambas con el proceso casi terminado, que solicitaban la CRS (Cirujía de Reasignación Sexual). O sea, ambas años luz de mi, que de momento me conformaría con ver al psiquiatra.

Hablar con J.M. me resultó muy tranquilizador. Me habló de procedimientos que han demostrado solucionar casos como el mío. Me dijo que al equilibrar el cuerpo con las necesidades de la mente, la ansiedad acaba. Me dijo que el tratamiento funciona. Pero, por supuesto, sólo en el caso de personas que realmente lo necesitan, y que quién tiene que determinar si es necesario o no es el psiquiatra.

Yo estoy totalmente de acuerdo. Le dije que no me quiero precipitar, pero que quiero que me atienda el psiquiatra de una vez por todas. Él me aseguró que se enteraría de lo que había que hacer y me conseguiría una cita… en una semana o así, más la lista de espera que haya.

Por suerte, tengo una silla para esperar sentado, y mientras tanto, me he puesto delante los apuntes para ir estudiando y así aprovechar el tiempo. Sin embargo, no deja de resultarme extraño que hasta el simple hecho de conseguir una cita con un especialista que obviamente necesito (independientemente de si tengo realmente disforia de género o cualquier otra cosa, el mero hecho de presentar dudas sobre mi identidad sexual ya me hace merecedor de ver a un buen loquero) sea extremadamente difícil. Si tuviese, por ejemplo, dolor de huesos, habría conseguido inmediatamente un volante para el traumatólgo. ¿Por qué el protocolo es diferente para los trastornos de identidad de género? ¿Por qué hasta el sistema médico nos discrimina? ¿No debería ser igual un enfermo que otro?

Ojalá algún día conozca a la persona adecuada para hacerle reflexionar sobre todas estas preguntas.